Tribuna libre

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La extrema derecha crece en diversos países de Europa

Holanda superó recientemente la prueba, como antes Austria. Al final, se impuso la cordura, quizá por cierto temor social a confirmar los pronósticos demoscópicos.

Pero los márgenes no fueron precisamente holgados e, incluso, en Austria hubo que repetir las elecciones presidenciales, algo insólito en un país desarrollado.

La próxima cita electoral será el 23 de abril en Francia. El Frente Nacional retrocedió a finales del siglo pasado por la división entre dos grandes líderes: Jean-Marie Le Pen y Bruno Mégret. En estos momentos, aunque no dejan de existir fisuras, el FN está más bien unido en torno a Marine Le Pen. Sus propuestas populistas, identitarias, xenófobas, con toques anticapitalistas y antiamericanos, apenas se han modificado; pero ha mejorado en gran medida la retórica y la capacidad de comunicación política, hasta dejar de ser –como en antiguas encuestas- “un peligro para la democracia”. El malestar político general explica la atracción entre grupos de votantes antes ausentes de sus filas, como los obreros industriales o los jóvenes; incluso, ciudadanos musulmanes –con nacionalidad en segunda o, incluso, tercera generación- que comparten inquietudes en materia de política familiar y, sorprendentemente, de inmigración.

Aunque el porcentaje de indecisos sigue siendo muy alto, los sondeos muestran claramente una intención de voto favorable a Marine Le Pen. Por esto, en las primarias de socialistas y conservadores, estuvo en primer plano la idea de elegir el candidato que hiciera más mella a la líder del Frente Nacional. El gran deseo –tal vez irrealizable- sigue siendo evitar el “efecto Jospin” de 2002, que llevó al balotaje final entre Chirac y Le Pen. No es tampoco difícil olvidar los resultados de la primera vuelta de los comicios regionales de diciembre de 2015: los frentistas fueron los más votados, aunque se quedarían casi sin ningún representante en la segunda vuelta.

En el crecimiento de posturas demasiado nacionalistas no deja de influir la facilidad con que los medios de comunicación etiquetan como extrema derecha a formaciones que en realidad no lo son, o no lo son tanto. De otro modo, no se explicarían las mayorías -poco frecuentes en estos tiempos- que obtienen en las elecciones reales, como es el caso de Beata Szydlo en Polonia o Viktor Orban en Hungría.

En 2011, en Finlandia los resultados fueron sorprendentes: el partido "Sannfinländarna" consiguió el 19% de los votos, sólo una décima menos que los socialdemócratas, y 1,3 menos que los conservadores de Coalición Nacional. Cuatro años después, revalidó su ascenso, y obtuvo el segundo puesto, relativamente cerca de los ganadores centristas.

Menos se habla de Noruega, quizá porque no forma parte de la Unión Europea. Allí, lógicamente, no existe reflejo político del rechazo de las imposiciones de Bruselas tan invocada en la opinión pública de los países comunitarios, como si de allí vinieran males y no soluciones. Pero en 2013 la extrema derecha entró con dos ministros en el gobierno de la que algunos llaman petromonarquía escandinava.

Los grupos antiliberales nacionalistas de otros lugares de Europa no suelen alcanzar –salvo en consultas regionales- el porcentaje de votos mínimo para entrar en las cámaras parlamentarias. Así sucede, por ejemplo, en Alemania con neonazis y “Alternativa”. Afortunadamente, el nivel más bajo -casi nulo- está en España y Portugal. Tal vez porque la sociedad no ha olvidado del todo los regímenes totalitarios del siglo XX, aunque por estos pagos pueden reactivarlos las campañas belicosas de una izquierda radical tan fideísta como los viejos ultras.

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