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Triste aniversario en Hong Kong

El David de la Revolución de los Paraguas se enfrenta con el Goliat de Pekín, encarnado en su presidente Xi Jinping, que viajó de modo arrogante a Hong Kong.

Xi Jinping acudió para festejar el vigésimo aniversario de la retrocesión de la colonia británica a China y presidir la toma de posesión de Carrie Lam: acaba de ser elegida para gobernar la isla, en aplicación de un régimen jurídico que los prodemócratas no consiguen reformar, sometidos a una represión basada en una interpretación jurídica más que discutible de la ley básica. Desde luego, no era ese el espíritu con que Margaret Thatcher firmó los acuerdos en 1987, que se entienden y aplican por Pekín de modo cada vez más restrictivo. Se trataba sólo de mantener durante cincuenta años un estilo de vida, mientras China conseguía un nivel de desarrollo apto para unirse al resto del mundo, y poder incorporar a Hong Kong sin necesidad de cambiar su estatuto.

Los anteriores presidentes chinos viajaron también para asistir a ese tipo de ritual, con desfile militar incluido, y ahora la presencia del primer portaaviones chino en aguas hongkonesas. Pero la actual y rápida visita se ha producido en un contexto político particularmente tenso, que ha exigido especiales medidas de seguridad, incluidas acciones policiales “preventivas”, que contrastan con la realidad social de una ciudad donde criminalidad y delincuencia brillan por su ausencia.

En la víspera de la efemérides, chocaron en la calle los manifestantes partidarios de reforzar la autonomía contra los valedores de sistema prochino. La mayoría de las protestas están inspiradas por los líderes de la revolución de 2014, aunque muchos fueron detenidos antes de la llegada del presidente, como supuesta medida de seguridad. La policía retrasó la puesta en libertad, obviamente para que no pudieran trabajar más en la organización de las muestras populares de oposición a Pekín.

Algunos de los detenidos son miembros del parlamento hongkonés, pero la autoridad gubernativa no parece respetar su inmunidad. Pekín, a través de sus representantes locales, no acepta la crítica: sustancialmente, le acusan del incumplimiento de la promesa esencial, sintetizada en la fórmula “un país, dos sistemas”, que reconocería derechos y libertades que no se disfrutan en el continente. De ahí el lema de las manifestaciones de decenas de miles de ciudadanos: “Un país, dos sistemas: una mentira”. La marcha se vio afectada por la intensa lluvia, que obligó a cancelar algunos de los actos previstos, a pesar de los paraguas amarillos símbolo del movimiento.

En su discurso conmemorativo, Xi Ping advirtió que no tolerará ninguna amenaza contra el poder de Pekín: no habrá impunidad para ningún acto de subversión o de oposición a la “ley básica”, el sistema establecido para gobernar la excolonia. Las protestas y acciones a favor del sufragio universal se consideran desafíos potenciales para el partido único de China, y los valoran como particularmente peligrosas para el estatus de la ciudad como centro económico internacional. Pero esta contra-amenaza puede agudizar el conflicto, al alimentar posturas independistas, frente a la actitud más razonable de los autonomistas, que desean armonizar su libertad con la reunificación política global de China. Porque no se fían de las promesas del presidente de cumplir la fórmula de los dos sistemas, ni de la sinceridad de sus elogios a la situación actual, que permitía a Hong Kong mantener su prosperidad y estabilidad tras “su vuelta a la madre patria”. De su discurso se deduce que antepone el deseo de mantener la soberanía nacional a la necesidad de reformas que aseguren la seguridad y el desarrollo de la antigua colonia.

Sin duda, existen problemas, porque la competitividad de Hong Kong ha disminuido, y la carestía de la vivienda sigue siendo un mal endémico para la población local. Se comprende que la mayor radicalidad proceda de la joven generación, que siente frustraciones semejantes a las de otros lugares del mundo. En cambio, la comunidad empresarial teme que la desestabilización socave la confianza de los inversionistas y aumente las dudas sobre la continuidad de la ciudad como centro financiero internacional.

Como en el resto del continente, Xi querría encauzar las dificultades a través del despotismo ilustrado del partido comunista chino, una síntesis típica para aumentar el bienestar al precio de reducir las libertades. Por ahí van afirmaciones como “crear deliberadamente diferencias políticas y provocar confrontación no resolverá los problemas. Al contrario, sólo impedirá severamente el desarrollo económico y social de Hong Kong”.

En vísperas de este aniversario, el ministro británico de asuntos exteriores, Boris Johnson, hizo público un comunicado reticente: sus formas diplomáticas no ocultan el deseo de Gran Bretaña de que Hong Kong “progrese hacia la democracia”. Señaló claramente que “el compromiso de Reino Unido con Hong Kong -consagrado en la Declaración Conjunta con China- es tan fuerte hoy como lo era hace 20 años”. Pero no parece que ninguna presión exterior pueda hacer mella en Pekín.

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