Tribuna libre

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Sentimentalismo infantiloide

Una característica genuina de este tiempo, que afecta tanto a la dinámica política como a la vida familiar, reside en el desplazamiento de la razón por la emotividad.

El impacto de unas lágrimas o de cualquier gestualidad que provoque una reacción en términos sentimentales, es muy superior hoy a cualquier propuesta basada en la racionalidad. El pensador británico Dalrymple lo ha bautizado como sentimentalismo tóxico, un fenómeno que corroe poco a poco los cimientos institucionales o sociales que conocemos.

Los fundamentos de esta tendencia son diversos. Parten de la idea de que, entre dos alternativas -la emocional y la racional-, siempre es más instintivo optar por la primera, que surge de manera natural, y no de la segunda, que requiere invariablemente de una elaboración intelectual que no todos están dispuestos a afrontar. Además, a esta ecuación se suma otra de relieve: las actitudes nacidas tras la oportuna reflexión pueden ser objeto de discusión, mientras que las surgidas por impulsos sentimentales no lo suelen ser, al estimarse espontáneas como cualquier otro apetito elemental. La facilidad de comprensión de lo emotivo frente a lo que no lo es convierte a cualquier comportamiento sentimental en intrínsecamente humano y por esa vía en más aceptable, aun cuando se trate de un desvarío recio, de una simpleza mayúscula o se funde en la simulación, como sucede con las lágrimas de cocodrilo o con quien saca petróleo de un hablar susurrante o de vocecilla virginal, ocultando pérfidas intenciones.

La sobreexposición a la información en que estamos sometidos en esta era tecnológica y la inusual rapidez que imprime a la toma de decisiones, coadyuva también al progreso de este aciago sentimentalismo del que hablo. Al demandar la serena meditación de cada cuestión de un tiempo del que se carece y de una inmediata respuesta al menos razonable, se asume la automática reacción emocional como la mejor salida, confiando socorridamente en ella. Quien no adopte este código de conducta se torna ahora en persona insensible, en una especie de humanoide sin alma, por más que sostenga criterios completamente sensatos.

Hay también, en fin, un componente adultescente en esta corriente. Los comportamientos infantiloides en edad madura, con esos ridículos cambios de estética permanentes, relativizando lo fundamental o huyendo de cuanto no provoque placer y sensualidad, anuncian esta llegada de la sociedad emotiva, que navega a la deriva en el proceloso océano de los sentimientos primarios.

Lo más grave de todo este escenario es que sobre él ha operado el populismo en las democracias en que ha tenido la desgracia de asentarse. Millones de votantes se dejan embaucar por propuestas que buscan, precisamente, apelar a los sentimientos a través de la representación de un teatro calculado con ese propósito. Existe un evidente caldo de cultivo entre quienes apoyan a estas opciones, el de los aquejados por esta emotividad irracional o buenismo pueril que se extiende desde las mesas camillas a las cámaras parlamentarias.

Menos mal, no obstante, que siguen siendo muchos más quienes mantienen al sentimentalismo en el estricto espacio que le es propio, el de la intimidad y las películas “de llorar”, dejando que los demás asuntos se aborden “con sal en la mollera”, como diría Alonso Quijano.

 

 

 Javier Junceda.

Jurista.

 

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