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El daño que provoca la mayoría absoluta

El Partido Popular tiene un problema. Vamos, problemas tiene unos cuantos. Pero uno de ellos no es menor. Es un problema en forma de dilema. A saber: en las elecciones municipales y autonómicas el PP necesita obtener mayorías absolutas para gobernar; sin embargo, allí donde las logra, suele florecer la corrupción.

No es un caso único, reservado a los ‘populares’. Es un dilema que vale también para otros partidos, como el PSOE. Los peores sumarios de corrupción del Partido Socialista se sustanciaron durante sus mayorías absolutas de los años ochenta y noventa. Se trata, por tanto, de un mal compartido, no exclusivo.

El caso del Canal de Isabel II, que acaba de saltar al primer plano en Madrid, remite a las causas judiciales abiertas contra el PP de la capital. La ‘Operación Púnica’ se llevó por delante a Francisco Granados, el número dos de Esperanza Aguirre en el partido. Ahora la ‘Operación Lezo’ cae con todo el peso de la ley sobre Ignacio González, su mano derecha en el gobierno autonómico durante años de mayoría absoluta.

En Valencia sucedió algo parecido. La ‘Operación Taula’ ha llevado a la cárcel a 24 personas por indicios de cobro de mordidas, comisiones ilegales y blanqueo de capitales. La Guardia Civil, la Fiscalía Anticorrupción y un juez de Valencia han puesto en jaque a ese PP valenciano que encadenó varias victorias en las urnas por goleada pero, finalmente, quedó disuelto.

¿Ven lo que les digo?

La mayoría absoluta se confirma como el caldo de cultivo ideal para el abuso y el atropello. El ‘absolutismo democrático’ tiende a convertirse en algo perverso: al menos aquí en España, acaba generando impunidad e imposiciones. Insisto: sucedió con el PSOE de Felipe González, con el PP de Aznar y de Rajoy, en Andalucía con el PSOE de Chávez y Griñán, con la Convergencia de los Pujol, con el PP de Valencia y Madrid…

Creo que el fondo del asunto tiene que ver con lo que provoca en los políticos el poder manejar a su antojo el boletín oficial del Estado o de la comunidad autónoma correspondiente: acaban viviendo de espaldas a lo que reclaman los ciudadanos, enrocados en su torres de marfil sin creerse en la necesidad de dar cuentas.

Es un error. Todo poder necesita su equilibrio, su piedra de toque. Eso impide la autocomplacencia y el desprecio final al ciudadano.

Más en twitter: @javierfumero

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